Aprender a conocer

Muchos hemos tenido la experiencia de los exámenes. Se definen como pruebas que se llevan a cabo para comprobar si los alumnos han adquirido los conocimientos exigidos para el nivel de estudios en el que se encuentran. Pero, un estudiante puede saber lo suficiente para aprobar el examen y, en verdad, no tener un conocimiento sobre lo que está diciendo.
Seguramente ahora te preguntes, pero ¿qué diferencia hay entre saber y conocer? En nuestro día a día usamos ambas palabras de forma indiferente, pero la filosofía está para hacer de lo ordinario algo extraordinario, algo fuera de lo ordinario, y en este caso ese algo es la diferencia entre saber y conocer que nos ofrece Aristóteles. Conocer es un grado de saber, pero no el único. Cuando vemos algo (percepción), sabemos que ese algo está ahí en ese momento y en ese lugar. Leyendo esto, tú sabes que hay, en este instante, un artículo delante tuya. Más tarde, cuando te vayas de esta página web y te acuerdes algún día (memoria) de este momento, entonces podrás volver a afirmar que sabes que en la página Thought is not dead hay un artículo sobre el conocimiento en la enseñanza. Ya habrás pasado por dos grados de saber, la percepción y la memoria, pero esto no acaba aquí. Aristóteles decía que la memoria generaba, a su vez, la experiencia. Así ocurre cuando un profesor te manda ejercicios cada semana. A medida que los vas haciendo y te vas acordando de tus errores y aciertos, vas adquiriendo una experiencia que te permite saber cómo tienes que hacer esos ejercicios para sacarlos bien. Más allá de la experiencia, podemos ascender un poco más y llegar a la técnica. Esto de la técnica es similar en ciertos aspectos a la experiencia, aunque presentan diferencias importantes. Cuando dijimos que un alumno generaba experiencia en la resolución de los ejercicios que manda el profesor, nos centrábamos en unos ejercicios determinados. La experiencia que gana un alumno en resolver ejercicios de física no le servirá para resolver ejercicios de lengua, centrándose así en unos hechos particulares. En cambio, la técnica es universal (por eso es un grado de saber superior). Una técnica para resolver ejercicios supondría desarrollar unos pasos a seguir en todo tipo de ejercicios (con independencia de la materia de la que traten). Por ejemplo, leer correctamente las preguntas, discernir qué información nos piden... Ambas cosas las tenemos que hacer tanto si nos enfrentamos a los deberes de física como a los de lengua. Pero esto no queda aquí, hay un último grado de saber y superior al resto, el conocimiento. Conocer algo implica comprender, implica saber las razones que hay detrás de que algo sea como es. Podremos afirmar que conocemos algo cuando podamos dar respuesta a su por qué (¿por qué esto es así y no de otra manera?)
Muchas veces para responder a las preguntas de un examen basta con tener memorizados ciertos conceptos, nombres, fechas... Se puede aprobar un examen con memoria y sin comprensión. La educación en los colegios se centra en dar una verdad a los alumnos, en metérsela a fuerza en la cabeza, pero ocurre que cuanto más forzoso sea ese saber menos fijeza tendrá. Tenemos que dejar de centrarnos en la memorización y pasar a la comprensión.
No se trata de entrenar la memoria sino de desarrollar nuestra capacidad de comprensión y de razonamiento. Las verdades, antes que ser dadas, deben ser alcanzadas a modo de conclusión. Porque si memorizamos, podremos dudar y necesitaremos que alguien externo a nosotros nos vuelva a dar la información olvidada, tendremos que buscarla fuera de nosotros y dependeremos del exterior. Un exterior en el que las verdades pueden ser tergiversadas y reducidas a perspectivas individuales.
La educación no debe ser un saber de memoria, sino un conocimiento en el sentido en el que lo entendió Aristóteles, como un ser conscientes de las razones que hay detrás de lo que afirmamos saber. No sólo basta con saber que la revolución llevada a cabo en 1789 se llama Revolución Francesa, lo importante es entender por qué pasó, en qué consistió y qué repercusiones tuvo. No sólo basta con saber que Cervantes escribió El Quijote, lo esencial es comprender por qué lo escribió, en qué consiste esa obra y que conllevó. No se trata de memorizar la ley de la gravedad, sino de conocer por qué se da ese fenómeno y qué implicaciones tiene en nuestra manera de concebir la realidad en la que nos encontramos.
Cuando conocemos las razones que hay detrás de las verdades que nos dan en el colegio, cuando hemos llegado por nuestros propios razonamientos a esa conclusión, entonces, da igual que algún día la olvidemos porque tendremos las herramientas para acceder a ella. Tendremos, como seres racionales que somos, a nuestra razón y por medio del pensamiento podremos volver a llegar a esa conclusión siempre que lo necesitemos. Así, la razón nos hace seres autónomos, que pueden deducir las verdades sin necesidad de que ningún otro se las tenga que proporcionar.
Esta autonomía es la que nos tiene que proporcionar la enseñanza, en ella tenemos que aprender a pensar. Sí, aprender a pensar, porque el hecho de que seamos racionales no implica que nazcamos sabiendo pensar, al igual que el tener dos piernas no implica nacer sabiendo andar. Nuestra educación ha pasado por alto esto: que el pensar se aprende y se desarrolla como el resto de nuestras facultades humanas. Los alumnos tienen que aprender a aprender, aprender a conocer, aprender a usar su razón...aprender a pensar.