¿Somos utilitaristas?

04.02.2023

La mayoría de nuestras decisiones siguen un criterio utilitarista, a veces incluso de manera inconsciente. Tendemos a escoger lo que nos reporte un mayor beneficio y eso mismo es la base de la corriente ética del utilitarismo. Según esta, las acciones buenas son aquellas con las que conseguimos la mayor felicidad posible (o evitamos el mayor dolor), por lo que actuar de forma correcta sería tan sencillo como pensar las posibilidades de acción que tenemos y ver cuánto placer y dolor nos traería cada una. Escogiendo la acción más útil, la que trajera más placer que sufrimiento, estaríamos actuando moralmente bien. Esto es lo que dice el utilitarismo, pero también lo que pasa por la mente de casi todos nosotros cada vez que decidimos lo que hacer. Para el filósofo utilitarista Bentham, los seres humanos estamos por naturaleza bajo la influencia del placer y el dolor, por lo que estos deben tenerse en cuenta a la hora de desarrollar una teoría ética y determinar nuestra actuación.

"Nature has placed mankind under the governance of two sovereign masters, pain and pleasure. (...) The principle of utility recognizes this subjection, and assumes it for the foundation of that system, the object of which is to rear the fabric of felicity by the hands of reason and of law"

Ahora más que nunca reconocemos a la utilidad como guía de nuestra conducta. Hemos llegado a un punto en el que conceptos como el deber o el bien en sí mismos han perdido toda fuerza, la deontología kantiana ha sido sustituida por una ética de fines. Ya nada nos parece bueno o malo por sí solo, ahora toda valoración moral puede cambiar con las circunstancias. No buscamos ser merecedores de la felicidad, sino que queremos ser felices. Si para Kant "la felicidad no es un ideal de la razón, sino de la imaginación" era porque separaba lo correcto moralmente (establecido por la razón) de la felicidad (un ideal imaginario que no estaba garantizado). Es decir, para Kant actuar bien, por el deber moral en sí mismo, nos hace merecedores de la felicidad pero no nos la garantiza. Sin embargo, hoy en día la felicidad y la utilidad quedan ligados a la buena actuación, siendo dicho beneficio, para el utilitarismo, el único valor que debemos considerar a la hora de actuar, pues todos los demás serían meros valores instrumentales.

¿Cómo afirmar que mentir es algo malo si sabemos que si con una mentira salvásemos la vida de un amigo, nos parecería correcto mentir? Valoramos la bondad de una acción por la bondad de sus consecuencias y haciéndolo nos reafirmamos en el marco consecuencialista del utilitarismo. Calcular la utilidad de nuestros actos no es sino anticiparnos a las consecuencias de los mismos y escoger las más beneficiosas. Pero, beneficiosas ¿para quién? ¿Para mí? ¿Para los demás? Bentham nos dice que las mejores acciones son las que reportan felicidad (o evitan el dolor) para un mayor número de personas. Salvando así al utilitarismo del egoísmo, este filósofo hace del criterio moral un criterio cuantitativo. Mejor será una acción que beneficie a diez personas que otra que solo lo haga a una, de tal forma que las acciones políticas correctas serán aquellas que reporten el mayor beneficio colectivo. Prima el placer de la mayoría. Esta influencia del utilitarismo en política se intensifica sobre todo en marcos democráticos. Los gobernantes que han de ser escogidos por votación ven como mejores leyes aquellas que beneficien a un mayor número de personas, la cantidad se vuelve un criterio fundamental. La noción de "mayoría" es la esencia de la política democrática y se encuentra estrechamente relacionada con el utilitarismo, haciendo del número un criterio ético. Cuantas más personas sean felices, mejor, porque la felicidad de unos no es más importante que la felicidad de otros. Todos valemos como uno y nadie como más. 

Pero la aplicación del principio de utilidad en política no está exenta de problemas. Evaluar la bondad de una acción en base al número de ciudadanos beneficiados posibilita la legitimación de acciones inmorales. El utilitarismo corre el riesgo de generar una "tiranía de la mayoría" que se imponga sobre la minoría, porque dará igual lo mucho que sufra una minoría si ello reporta utilidad para el resto. Si, por ejemplo, esclavizar a un 5% de la población fuese a reportar un beneficio para el 95% restante, se podría considerar, bajo un marco utilitarista, como una acción completamente moral, cuando, no obstante, sabemos que no lo es. Tomar un criterio cuantitativo para determinar las acciones políticas a realizar facilita la toma de decisiones (solo hay que contar el número de personas beneficiadas) pero puede derivar en una sociedad desigual y con una mayoría opresora sobre la minoría. La toma de decisiones políticas no es solo cuestión de números. Aunque estos tengan fuerza, no deben imponerse como único criterio de evaluación ética.

Sin embargo, la crítica a la "tiranía de la mayoría" se nos muestra como un freno, no al utilitarismo en sí, sino a la aplicación política del mismo. Parece que el principio de utilidad sigue siendo un criterio válido para la toma de decisiones que solo afecten a uno mismo. Pero ¿acaso hay acciones completamente desligadas de los demás? Si las hay, pocas serán. Vivimos en una red llamada sociedad que nos interconecta a todos y hace que nos influyamos recíprocamente. Buscar la mayor felicidad personal tiene consecuencias, mejores o peores, en el resto. Tan solo fijémonos, por ejemplo, en los hospitales. Encontramos en la medicina la aplicación del principio de utilidad en multitud de ocasiones. En el ámbito médico se busca evitar todo aquello que traiga más daño que beneficio al paciente (en singular). Se busca reportar el mayor bienestar a cada caso concreto de enfermedad, es decir, se aplica el principio de utilidad individualmente. No se pretende que el mayor número de pacientes del hospital recuperen la salud, sino que cada uno la recupere al máximo posible. No obstante, todos los individuos se engloban bajo un espacio común (el hospital) y requieren de unos recursos (tratamientos) que también son comunes. Aún buscando el beneficio de un individuo, los demás pueden verse afectados, en tanto que no están desligados los unos de los otros. 

Un médico, con miras a determinar la actuación ética respecto a su paciente, reflexiona acerca de los posibles tratamientos que se le pueden aplicar y piensa cual de todos le traerá más beneficio y menos daño. Ese será el preferible , ya que lo que se pretende evitar es realizar acciones cuyo riesgo sea mayor que el posible beneficio. Ahora bien, el utilitarismo también puede ser una fuente de acciones inmorales en la medicina. Si se da una situación en la que los recursos sanitarios escaseen, la ética utilitarista consideraría correcto atender a los pacientes a los que se les pueda reportar una mayor utilidad, es decir, a aquellos que no se encuentren muy enfermos y tengan muchas probabilidades de poder sanar y continuar con su vida. En cambio, a aquellos que estén gravemente enfermos y con pocas posibilidades de curarse, aun siendo quienes más lo necesiten, no se les deberá atender en tanto que poca utilidad para ellos les reportaría dicha acción al no poderse mejorar en gran medida su salud. Si tratamos de aplicar el principio de utilidad individualmente, podemos generar discriminaciones entre unos y otros, en tanto que prima beneficiar a quienes vayan a obtener más beneficio.

Pero el problema fundamental del utilitarismo va más allá de su aplicación política y colectiva o sanitaria e individualista. La crítica esencial que podemos plantear a esta teoría tiene un carácter mucho más radical. En el propio principio de utilidad encontramos una pretensión desmedida, la pretensión de anticipar el futuro. Como si de seres prácticamente omnipotentes se tratara, el utilitarismo nos ve, o incluso nosotros mismos nos vemos, capaces de anticipar todas las consecuencias de nuestros actos y poder calcular el beneficio que obtendremos de ellas. Damos la espalda al carácter contingente de la realidad, a nuestra limitación cognoscitiva que implica ser incapaces de tener en cuenta todos los factores que puedan influenciar en nuestra acción. No podemos anticipar el futuro, tan solo realizar vagas aproximaciones. El principio de utilidad, al que tantas veces nos agarramos, toma dichas aproximaciones como unos cimientos sólidos sobre los que sostenerse cuando en verdad son unas arenas movedizas en las que corremos el riesgo de hundirnos.

No podemos juzgar nuestra actuación utilitarista en base a si el utilitarismo es mejor o peor corriente ética que otra, porque simplemente no puede ser plenamente realizable, aunque a veces nos pueda la ilusión de ver el futuro.


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